De pequeña me gustaba caminar sobre el borde de la acera, mantener el equilibrio, que ninguno de mis pies rozara la acera ni el asfalto, pero siempre sucedía que uno de ellos se inclinaba y mi equilibrio se deshacía.
También me gustaba mantenerlo entre las discusiones de mis amigas, pero había un momento que era angustioso cuando debía decidir bajo sus miradas cual de las dos estaba equivocada.
Me era imposible.
Me he pasado toda mi vida equilibrando y siempre uno de los extremos ha ganado peso en la balanza.
¿Realmente existe el equilibrio?
¿Existe o no?
Y buscándolo una tarde me ví desequilibrada ante él.. por su belleza, sus modales y su apariencia de caballero bajo su piel de hierro.
Estábamos en el bosque, con brisa suave, música susurrante del aire sobre las hojas, flores coloreando el campo.. ¡Tanto esplendor y perfección que alegraba mi corazón!
Habíamos terminado de hacer el amor, todavía resbalaba alguna gota de su maravilloso elixir sobre mis labios, cuando me habló con un tono descortés;
-Termina lo que te queda- mientras su dedo lo acercaba a mis labios con un gesto brusco.
Obedecí, pero luego me sentí tan mal que en el transcurrir de los días, pasé una crisis depresiva en la cual me negué a verlo más.
Me desequilibró y busqué en poner en armonía mi interior, pero cuanto más lo intentaba más el peso se inclinaba hacia un lado, hasta que un día se presento en mi puerta con un regalo. Lo dejé pasar .
El envoltorio era brillante, y en su interior había un guante de seda de mil colores como las flores de aquel campo de aquella fatídica tarde.
Me pareció tan hermoso, delicado, fuerte, bello, que me resulto excitante vérselo puesto mientras azotaba mis nalgas duramente...
Me invitó a mirárlas en el espejo, exquisitas, iguales a dos manzanas maduras que piden a gritos ser arrancadas del árbol y ser comidas.
Me besó dulcemente mientras mis nalgas abrasaban.
Sin duda, me trajo el desequilibrio junto a la más perfecta de las armonías.
Imagen: Milo Manara